TURANDOT

TURANDOT

 

TURANDOT, G. PUCCINI

Con el amable permiso de Casa Ricordi S.r.l. - Universal Music Publishing Group

Ópera en tres actos

Estreno en el Teatro alla Scala de Milán, el 25 de abril de 1926 Música de Giacomo Puccini (1858-1924)

Libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni sobre una fábula de Carlo Gozzi basada en Mil y un días

Turandot final (primera versión) por G. Puccini

El último dúo y la escena final fueron ser compuestos por Franco Alfano a partir de los apuntes que dejó G. Puccini

Casa Ricordi S.r.l. Milano. Editores y propietarios

 

 

Turandot, princesa china, hija de Altoum Iréne THEORIN

Altoum, emperador de la China Josep FADÓ

Timur, destronado rey tártaro Andrea MASTRONI

Calaf, hijo de Timur Roberto ARONICA

Liù, esclava Maria KATZARAVA

Ping, ministro chino Manel ESTEVE

Pang, ministro chino Francisco VAS

Pong, ministro chino Vicenç ESTEVE MADRID

Mandarín José Manuel DÍAZ

Actrices

Claudia AGÜERO, Meri BONET, Ana CRIADO, Virginia GIMENO, Geraldine LELOUTRE, Silvia PÉREZ, Verónica MORENO, Carla RICART, Eleonora TIRABASSI

Actores

Efrain ANGLES, Adrian ARDILA, Nacho CÁRCABA, Melcior CASALS, Dani CORRALES, Víctor GENESTAR, Jaume LLAURADÓ, JUANJO HERRERO, Alex LARUMBE, Miquel ROCA, Carlos ROO

Dirección musical Giampaolo BISANTI

Dirección de escena Mario GAS

Diseño de escenografía Paco AZORÍN

Diseño de vestuario Antonio BELART

Diseño de iluminación Quico GUTIÉRREZ

Ayudantes de dirección

Elisa CREHUET, Bárbara LLUCH, Montse TIXÉ

Movimiento Carlos MARTOS DE LA VEGA

Ayudante de escenografía Alessandro ARCANGELI

Asistente de vestuario Cristina MARTÍNEZ

Coordinación de vestuario Nadia BALADA

ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL GRAN TEATRE DEL LICEU CORO INTERMEZZO

Enrique RUEDA, director invitado del Coro Intermezzo

COR INFANTIL AMICS DE LA UNIÓ

Josep VILA, dirección del coro infantil

 

 

UNA PRODUCCIÓN DE FESTIVAL CASTELL DE PERALADA

 

RESUMEN ARGUMENTAL

 

Giacomo Puccini puso música a Turandot (música inacabada, tal como se apresuró a mostrar en un gesto teatral Arturo Toscanini en el estreno). Ópera en tres actos, el libreto es de los colaboradores del compositor, Giuseppe Adami y Renato Simoni, quienes se basaron en el texto del mismo nombre de Carlo Gozzi (1720-1806), autor de tendencia conservadora opuesto al movimiento ilustrado del siglo xviii y con una ideología más bien reaccionaria y misógina.

La historia se adentra en la cultura persa, a partir de la recopilación de cuentos Mil y un días, donde aparece una fría princesa china, a partir de la cual Gozzi escribió sus fiabe teatrali o cuentos infantiles, origen de toda la trama convertida en pieza musical. Un argumento que pone en juego a unos personajes con lecturas diversas, siempre actualizables, tal como hace este estreno que presenta Mario Gas en el Festival del Castell de Peralada.

ACTO I

La acción transcurre en el Pekín imperial, en una época indeterminada, con muy pocos personajes entrelazados: la princesa Turandot, que se hace rogar antes de oírla y es la detonante de toda la historia; Calaf, el príncipe extranjero que se acerca a lo inalcanzable; con dos personajes cercanos, Timur, que es su padre ya anciano, y Liù, la esclava que le acompaña en territorio chino huyendo de una derrota y que está enamorada del joven. Y entre los chinos, la presencia de un triple personaje como son los ministros Ping, Pong, Pang, una voz tradicionalista, administrativa, desengañada, inquisidora..., además del emperador o hijo del Cielo, que se obliga con su juramento sagrado a condenar o a salvar a los candidatos según cuales sean las respuestas ante los enigmas formulados por Turandot. Los enigmas, por supuesto, son el desencadenante de toda la historia. Y vengar a sus antepasados, o el amor, o también el heroísmo y el destino, cuando menos.

* * * * *

El principio lo abre el mandarín exponiendo la ley que impera: «Turandot, la Pura, será la esposa de quien, siendo de sangre real, resuelva los tres enigmas que ella le planteará». Y nada más manifestarla, debe rodar una cabeza, en este caso la del príncipe de Persia. El deseo popular de sangre, el alboroto y la represión de los guardias presenta a un rey anciano, Timur, Liù –su atenta esclava– y Calaf, el hijo, fugitivos de su reino y que ahora se reencuentran. El episodio continúa con voces abigarradas de hombres, de mujeres, de niños. Hasta que aparece Turandot, solo con su presencia, sin voz; todo el pueblo se le doblega; tan solo el condenado, Calaf y los verdugos permanecen de pie. Y surge el amor: «¡Oh, divina belleza! ¡Oh, maravilla! ¡Oh, sueño!», sale de la voz de Calaf. Corre hacia el gong anunciador de un nuevo candidato a los enigmas. Pero Ping, Pong, Pang, los ministros, lo detienen, le alertan de su locura, que no vale la pena. Si será por mujeres..., las hay a puñados, ya que hasta «la más sublime Turandot del mundo tiene una cara, dos brazos y dos piernas, sí, hermosas, imperiales, sí, sí, hermosas, sí, pero siempre iguales». Calaf afirma que solo la quiere él. Pero llega la respuesta cruel, directa y sin contemplaciones:

«¡Turandot no existe!». «Solo existe la nada, ¡en la que tú te anulas!». Mientras tanto la cabeza del príncipe de Persia aparece separada del cuerpo, botín de los enigmas sin respuesta.

 

 

Calaf no escucha a su anciano padre Timur, ni a la esclava Liù, enamorada de él porque un día le sonrió. Todo el mundo insiste en que no lo haga, que tenga piedad de ellos (padre y acompañante) o que viva la vida llena de placeres (ministros). Y finalmente suena el gong, la antesala de Turandot.

ACTO II

Dividido en dos escenas, la primera da comienzo con los mismos ministros, indiferentes a la dicotomía entre muerte o matrimonio, pero con la voluntad de tenerlo todo bien organizado. Recuerdan un antes y un después de la aparición de Turandot. Mucho trabajo, pero siempre para hacer lo mismo, hacer rodar cabezas: «¡Somos los ministros del verdugo!». Añoran su vida en la tierra natal, como una Arcadia perdida, contrapuesta a un mundo de locos enamorados que les hacen trabajar para cortarles la cabeza. Procedentes de todas partes, repasan la lista. Querrían casarla, que fuera toda una mujer, para acabar absolutamente con este languidecer y que vuelva la paz a China.

En la segunda escena aparece el ritual, con los ministros, los sabios y –tras una nube de incienso– el emperador, Altoum o el hijo del Cielo, que se siente obligado: «Un feroz juramento me obliga a ser fiel a un pacto muy triste. Y del cetro santo que empuño cae un reguero de sangre. ¡Basta, no más sangre! Joven, vete». Pero la respuesta de Calaf es corta: «Hijo del Cielo, ¡solicito afrontar la prueba!». Por enésima vez el enamorado Calaf hace caso omiso al ruego. El mandarín repite la ley de los enigmas. Turandot, que ya tiene voz, expone su talante: «En esta corte, hace mil y mil años, resonó un grito desesperado. Y aquel grito, de generación en generación se recluyó aquí, ¡en mi alma! Princesa Lo-u-Ling, dulce y serena abuela que reinaste en un oscuro silencio [...] ¡hoy revives en mí!». Todavía queda más claro: «Y Lo-u-Ling, mi abuela, fue arrastrada por un hombre como tú, por un hombre extranjero como tú, ¡en aquella noche atroz en la que se apagó su voz fresca!». En definitiva todo se resume de este modo: «¡Nadie va a tenerme jamás!». Primer enigma: responde Calaf, Esperanza. Segundo enigma: la Sangre. Tercer enigma: «¡Hielo que te inflama y que con fuego todavía más se hiela! ¡Clara y oscura! Si te quiere libre, te hace sentir más esclavo. Si como esclavo te acepta, ¡te hace rey!»... Y la respuesta es...

¡Turandot! Alegría y pena a la vez, de todo el mundo la primera, pero de Turandot la segunda, que se opone y se rebela invocando al padre quien, por otra parte, está sujeto al juramento sagrado. Ella no cede y, en cambio, él, queriéndola convertida toda en amor ardiente, le propone un nuevo enigma, que supone una nueva vuelta de tuerca: que le diga su nombre, que nadie conoce. Despuntando el alba, su nombre... para morir él o bien ella de amor rendirse. Declina el día con un nombre por saber.

 ACTO III

Nessun dorma! Porque Turandot no se da. Comienza la demanda nocturna, la caza de un nombre. Todo el mundo se afana en buscarlo. Calaf se siente seguro de su secreto. Espera al alba, en la que vencerá, vencerá. Reaparecen los ministros, que intentan sobornar a Calaf, con mujeres, con riquezas, ¿quizás con la gloria? El príncipe no quiere nada, sino que claree y llegue el alba a pesar de que todo el mundo le empuja a huir. Ante su tozudez, los ministros temen incluso por su propia vida, a manos de la crueldad y la tortura.

 

Los soldados traen a Timur y Liù. Ante Turandot, escena de firmeza del anciano y todavía más de la enamorada esclava, quien afirma que lo sabe, el nombre, pero que no se lo van a arrancar:

«¡Es delicia suprema mantenerlo en secreto y poseerlo tan solo yo!». Pregunta y respuesta de cariz distinto; inquiere Turandot: «¿Quién ha puesto tanta fuerza en tu corazón?». Y es aquí cuando la esclava contesta: «Princesa, ¡el amor!». Declaración suficiente para la tortura ordenada por Turandot. Pero entonces toma un puñal de un soldado, se lo clava y muere. Los ministros hacen de coro de alabanza de una actuación tan noble y generosa de la vida por amor.

Turandot sigue desconcertada y Calaf le levanta el velo y, a pesar de los intentos por zafarse de él, este la besa. «¡No me profanes!», «¡Tu hielo es mentira!», «Atrás [...] No, ¡nadie va a tenerme jamás!», «Quiero que seas mía», «No me toques, ¡extranjero! Es un sacrilegio», «No, tu beso me da la eternidad», «¡Sacrilegio! ¿Qué me pasa? ¡Perdida!». Turandot reconoce, después de su primer llanto, el escalofrío inicial al aparecer Calaf, que percibió como un héroe y que le provocó dos miedos igual de terribles: vencer o ser vencida. «Y estoy vencida. ¡Ah! Vencida».

Pero antes del final, una última oportunidad en el sentido que ella quiera: «Yo soy Calaf, ¡hijo de Timur!». Sabe, pues, su nombre, y todavía no han sonado las trompetas como plazo temporal del alba. Ahora puede responder el enigma y decidir: «Padre augusto, ¡conozco el nombre del extranjero! Su nombre es... ¡AMOR!». Y la multitud canta al amor, a la vida, a la eternidad, como punto final de la historia.