TINIEBLAS Y LUZ

TINIEBLAS Y LUZ

La noche de Viernes Santo en el Festival de Pascua de Peralada ha trazado un recorrido coherente entre dos maneras muy distintas de entender la experiencia artística. En la iglesia del Carme, William Christie y Les Arts Florissants han presentado un programa centrado en las Leçons de Ténèbres de François Couperin, con obras de Charpentier y Marais intercaladas, mientras que en el claustro, en cambio, Aurora Bauzà y Pere Jou, con Jou Serra y la participación del Cor Bruckner Barcelona dirigido por Júlia Sesé, han propuesto una instalación performativa que desplaza la atención hacia la percepción, la luz y la escucha, y que ha transportado al público a un espacio, nunca mejor dicho, muy especial. El resultado ha sido un díptico bien articulado, que hace convivir patrimonio y creación contemporánea con total naturalidad, porque todo sucede dentro de un mismo marco espiritual y sensorial, pero a través de lenguajes muy diferentes.

El verano pasado, debido a las inclemencias meteorológicas, el público del festival, los organizadores del mismo ciclo y los propios artistas ya se llevaron una decepción al tener que suspender la actuación del maestro William Christie y la formación de música barroca que él mismo dirige, Les Arts Florissants, que debían ofrecer la interpretación del oratorio Il Trionfo del Tempo e del Disinganno de Georg Friedrich Händel. Hoy, sin embargo, todos ellos han podido resarcirse con la actuación de la formación barroca francesa, que ha interpretado las célebres Leçons de Ténèbres del compositor francés François Couperin (1668-1733). Desde la primera nota se ha impuesto la sobriedad y la capacidad de crear atmósferas de las que son capaces Christie y su orquesta. El programa tenía una lógica interna coherente, ya que el preludio de la Missa Assumpta est de Marc-Antoine Charpentier (1643-1704) ha abierto la velada con solemnidad y ha preparado el terreno para las tres lecciones de Couperin, que han ocupado el centro del concierto. Entre una y otra, la suite Lamento de Marin Marais (1656-1728) y las Symphonies pour un reposoir de Charpentier han ampliado el paisaje sonoro sin romper la unidad del conjunto. No hay ningún efecto gratuito: todo está al servicio de una atmósfera de recogimiento, tensión y claridad.

Una teatralidad muy particular

Las Leçons de Ténèbres, escritas a partir de las Lamentaciones de Jeremías y vinculadas a los oficios nocturnos de Semana Santa, combinan dolor, silencio, ornamentación y una teatralidad muy particular. Couperin construye en ellas un discurso de gran delicadeza, en el que la tristeza no se convierte nunca en exceso ni la belleza en simple decoración. Esta lectura lo pone de relieve con naturalidad y sin artificios. William Christie dirige desde el órgano con la discreción y la autoridad de quien conoce este lenguaje hasta el más mínimo detalle. Su gesto musical es claro, contenido y muy eficaz. No fuerza el dramatismo ni carga la interpretación con ninguna solemnidad añadida. Prefiere dejar que la música respire y que la expresividad surja del fraseo, del equilibrio entre las voces y del peso justo de cada pausa. Esta manera de hacer otorga al concierto una intensidad muy particular, más interior que espectacular, y acaba siendo una de sus principales virtudes. Las dos primeras lecciones, para una sola voz, han estado a cargo de Lucía Martín Cartón y Rachel Redmond, dos solistas muy bien ajustadas al espíritu de la obra. Ambas cantan con una línea flexible, limpia y expresiva, sin convertir la ornamentación en lucimiento. El gran mérito es que las largas vocalizaciones, tan características de este repertorio, no suenan nunca mecánicas ni decorativas. Al contrario, se integran dentro de una línea de canto muy natural, siempre atenta al sentido del texto y a la respiración musical. Hay delicadeza, pero también tensión interna. Y hay, sobre todo, una manera muy clara de sostener la atención sin recurrir a gestos excesivos. La iluminación, sencilla, mínima, con cuatro leds contados, ha favorecido las intenciones de Christie de centrar sobre todo el foco en el discurso musical.

La tercera lección, escrita a dúo, concentra el momento más intenso del concierto. Aquí las dos voces dejan de funcionar solo por contraste y entran en un verdadero diálogo. Es la parte más densa emocionalmente y también la que mejor resume el sentido de toda la propuesta. La interpretación ha evitado cualquier tentación de convertir este tramo en un clímax aparatoso. Todo se ha mantenido dentro de una contención muy bien medida y, precisamente por ello, el efecto ha sido más profundo. La sensación final no es la de una grandeza externa, sino la de haber entrado en un espacio de gran carga humana y espiritual.

 

El acompañamiento instrumental de Les Arts Florissants es esencial en este resultado. Los violines de Emmanuel Resche-Caserta y Augusta McKay Lodge, y la viola da gamba de Myriam Rignol, han contribuido a definir la atmósfera del concierto. En el Lamento de Marais, esta cualidad se ha hecho especialmente evidente: la música ha adquirido una gravedad expresiva muy clara. Las páginas de Charpentier, por su parte, han abierto ligeramente el horizonte y han aportado contraste dentro de la solemnidad inicial. La sobriedad de la propuesta, la calidad de la escucha y la manera en que la música ha parecido ocupar el aire con una lentitud casi física han creado una atmósfera muy especial.

Ha sido en este contexto cuando se ha celebrado, al final de la velada, la entrega final de la Medalla de Honor del Festival Perelada a William Christie, que la ha recibido de manos de la presidenta del festival, Isabel Suqué Mateu. El reconocimiento, como explicó el director artístico del ciclo, Oriol Aguilà, tiene que ver con la brillante trayectoria del maestro, decisiva en la recuperación del repertorio barroco, y también con la manera en que esta velada confirma que ese legado sigue plenamente vivo. Aguilà remarcó que Christie se había hecho merecedor de la medalla “por su humanidad, su europeísmo y por enseñarnos cómo es posible organizar un festival y cómo este puede ser un espacio que conduzca a la búsqueda de la Arcadia”. El maestro Christie, que ha celebrado este año su 80º aniversario, ha manifestado al público que recibía la distinción “con una gran emoción”.

Una experiencia contemporánea a partir de las lamentaciones

Antes del concierto —y después, en una segunda función—, la acción performativa La luz del lobo no pesa ha ofrecido una experiencia muy distinta, pero no desconectada de lo que se ha vivido posteriormente en la iglesia. Si Christie trabaja desde la forma musical heredada, Aurora Bauzà y Pere Jou lo hacen desde la instalación, el cuerpo, la luz y una escucha abierta. La propuesta ha transformado el claustro del Carme en un espacio inmersivo en el que el público es trasladado casi a otra dimensión. Una gran estructura luminosa suspendida, una atmósfera sonora hecha de texturas vocales y respiraciones, y la propia arquitectura del lugar han construido una experiencia en la que el tiempo parece ralentizarse.

La música que ha interpretado el Cor Bruckner parte de fragmentos sin texto de De lamentatione Ieremiæ Prophetæ, de Alonso Lobo, pero no lo hace desde una voluntad de cita o reconstrucción, ya que también han recurrido a la música electrónica. Este material funciona más bien como un punto de partida para crear un universo propio. El sonido no guía al espectador de una manera lineal y la luz tampoco se presenta como un simple acompañamiento visual, sino que recrea un espacio presidido por una especie de aurora boreal. Tal es el efecto de la escenografía iluminada con haces láser. Ambos elementos se relacionan y se transforman mutuamente. El resultado es una propuesta que pide disponibilidad y atención, pero que no obliga a una lectura única. Cada cual encuentra en ella su propio recorrido, su manera de habitar el espacio y de dejarse afectar por lo que sucede en él.

La participación en directo del Cor Bruckner Barcelona, bajo la dirección de Júlia Sesé, aporta una dimensión necesaria a la instalación. La voz coral introduce una presencia humana que da cuerpo a la propuesta y evita que todo quede en una experiencia solo visual o abstracta. La pieza mantiene su carácter inmersivo, pero gana emoción. También aquí el título abre una línea de lectura sugestiva: el “lobo” remite a la vez al compositor renacentista y al animal, y activa una reflexión sobre la alteridad y la convivencia con aquello que se sitúa fuera de lo que nos es familiar. La instalación no lo convierte en un discurso explícito, sino que lo deja flotar dentro de la propia experiencia.

Lo más valioso de la propuesta es que no intenta competir con la intensidad del concierto, sino que plantea otra manera de detener el tiempo. Donde una obra apela a la memoria musical y al recogimiento, la otra trabaja desde la fragilidad, la presencia y la ambigüedad. Pero ambas comparten una misma voluntad: convertir la escucha en una experiencia plena. Esta instalación es la primera parte de un proceso creativo que culminará con LOBO, una pieza teatral que se estrenará en el Grec Festival de Barcelona este verano. Peralada ha cerrado así una velada especialmente bien pensada, en la que el barroco francés y la creación contemporánea se reflejan como si fuera un juego de espejos. Y en ese reflejo, entre la tiniebla litúrgica y la luz suspendida del claustro, el festival encuentra una de las imágenes más claras y completas de su identidad. Mañana sábado hay programadas dos funciones más de la acción performativa, pero con la música grabada, a las 20:30 y a las 23:00.