ENTRE EL DUELO Y LA ESPERANZA
El Festival de Pascua de Peralada ha vivido este Sábado Santo una de esas jornadas que parecen pensadas como un solo aliento. Dos conciertos, por la tarde y por la noche, han abordado la muerte, el duelo y la trascendencia desde tradiciones muy distintas, pero con una clara voluntad de diálogo. Primero, Vox Luminis y Lionel Meunier han presentado Ein deutsches Barockrequiem, un programa construido a partir de música sacra alemana de los siglos XVII y XVIII. Después, por la noche, O Vos Omnes, dirigido por Xavier Pastrana, ha ofrecido el Officium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria, uno de los grandes hitos del Renacimiento hispánico del más célebre polifonista de la época. Entre una y otra propuesta, Peralada ha dibujado un arco completo: de la palabra que busca consuelo a la ceremonia sonora que convierte la pérdida en recogimiento.
No ha sido solo una coincidencia temática. La jornada ha tenido sentido como conjunto porque cada concierto ha ocupado un lugar muy preciso dentro de un mismo relato. El programa de la tarde ha ofrecido un recorrido fragmentado, formado por piezas de diversos autores, que ha construido una idea de réquiem sin serlo en sentido litúrgico estricto. El de la noche, en cambio, ha concentrado toda la fuerza en una sola obra de gran aliento, escrita para las exequias de la emperatriz María de Austria y publicada en 1605. Una pieza que invita al recogimiento y a la introspección, y más aún con la sorprendente disposición de los cantantes y una iluminación mínima, pero muy sugerente. Dos maneras, en definitiva, de ordenar musicalmente una misma pregunta: qué hace la música cuando se enfrenta a la muerte.
Vox Luminis ha abierto el doble programa con una propuesta poco convencional y muy bien trabada. El programa titulado Ein deutsches Barockrequiem ha reunido obras de Scharmann, Selle, Schein, Geist, Briegel, Hammerschmidt, Schwemmer, Förtsch y Tobias Michael en una sucesión que ha querido dar forma a un itinerario espiritual. La idea de fondo nace de la sombra de Schütz y dialoga también con Brahms. No porque este repertorio se le parezca directamente, sino porque comparte con el gran réquiem romántico alemán la voluntad de poner el acento menos en el miedo que en la consolación.
Esa intención se ha hecho visible desde el arranque. El programa ha comenzado con una invocación severa, Gedenke, Herr, wie es uns gehet, y a partir de ahí ha ido desplegando una sucesión de piezas que han alternado súplica, meditación, fragilidad y esperanza. No ha habido, por tanto, una simple acumulación de motetes, sino una auténtica progresión. El dolor ha estado presente como punto de partida. Todo el recorrido ha tendido hacia una claridad final, hacia esa idea de reposo que ya aparece en los propios títulos de algunas piezas y que culmina con Selig sind die Toten (Bienaventurados los muertos). Una de las virtudes del concierto ha sido precisamente esa capacidad de construir una unidad a partir de materiales dispersos. La suma de recursos como disonancias, imitaciones, silencios, contrastes, giros ascendentes o descendentes ha sido determinante para lograr un determinado efecto general: dar relieve al texto y convertirlo en discurso emocional. En este repertorio, la palabra pesa. Cada pieza parece buscar la manera más directa de acompañar el sentido del texto bíblico o litúrgico, y es ahí donde el programa encuentra su coherencia: en la relación entre música y palabra, entre dolor humano y promesa de redención.
También ha habido, en la propuesta de Meunier, una clara voluntad de descubrimiento. No se trataba de reunir nombres centrales del canon, sino de reivindicar compositores menos frecuentados e incluso piezas que no han sido grabadas. Esta apuesta ha dado al concierto un aire de recuperación viva, no de ejercicio arqueológico. Más que una lección de historia, lo que ha aparecido es un relato bien articulado sobre la muerte y la esperanza dentro del mundo protestante alemán. El concierto ha ido ganando sentido a medida que avanzaba, hasta dejar la impresión de un trayecto completo, bien cerrado y con una nota final de reconciliación. El público ha premiado la brillante actuación de la formación dirigida por Meunier con una larga ovación que ha tenido recompensa: un bis que ha consistido en la interpretación del motete Ich hebe meine augen auf zu den Bergen, de Hammerschmidt.
El canto del cisne de Tomás Luis de Victoria
Si la tarde ha sido un camino, la noche ha sido una inmersión. Con el Officium Defunctorum, O Vos Omnes ha entrado de lleno en otra tradición y en otra manera de entender la solemnidad. Tomás Luis de Victoria aparece aquí como el gran compositor del Renacimiento hispánico y como un autor que, en esta obra, parece resumir todo un mundo. Escrita a raíz de la muerte de María de Austria y publicada dos años después, la partitura integra diversos momentos del oficio de difuntos y se presenta como una construcción de una gran coherencia espiritual. Xavier Pastrana, director de O Vos Omnes, la lee como el “canto del cisne” del compositor y también como la clausura de toda una época musical.
El concierto se ha articulado en torno a esa idea de despedida y, ya de entrada, ha sorprendido al público que iba accediendo a la iglesia del Carme, ya que se había dispuesto de manera muy cuidadosa un gran número de velas por toda la nave del templo, cuyo espacio central ocupaba un pequeño escenario elevado con los atriles de los miembros de O Vos Omnes situados de manera circular. Los cantantes, por tanto, quedaban enfrentados entre sí y de espaldas al público que los rodeaba. Cuando se ha apagado la luz de entrada del público, la atmósfera dentro del templo se ha transformado a la luz de las velas. Visualmente ha sido maravilloso.
A diferencia del programa de Vox Luminis, aquí no ha habido fragmentos reunidos para formar un relato, sino una sola obra con peso propio, capaz de sostener toda la velada. Victoria recurre en esta obra a una escritura a seis voces que utiliza el canto llano como base estructural de buena parte del conjunto. Pero lo que llega con más fuerza, más allá de cualquier consideración técnica, es la impresión de contención. Todo parece medido, depurado, despojado de cualquier gesto sobrante. Y es precisamente ahí donde la obra encuentra su capacidad de conmover. El inicio con Taedet animam meam, extraído del Libro de Job, ya ha marcado esa línea. Victoria renuncia casi por completo al ornamento para expresar la soledad del sufrimiento humano ante Dios. Ese tono no se ha abandonado después, sino que ha impregnado toda la misa de difuntos, el responsorio y el motete final. Ha habido momentos de una expresividad más abierta, como en el ofertorio Domine Jesuchriste, donde la música acompaña palabras especialmente cargadas de sentido, pero incluso aquí la fuerza no ha venido del exceso, sino del control. Victoria busca únicamente decir aquello que es esencial.
Eso explica que el Officium Defunctorum siga siendo hoy una obra de una vigencia sorprendente. El compositor encontró una manera limpia y profunda de dar forma a una experiencia universal. La obra propone un recorrido interior: de la desesperación a la aceptación y de ahí a una confianza final depositada en manos del Creador. Es un proceso espiritual, pero también profundamente humano. Y eso es lo que hace que esta música no quede encerrada en su función original y siga hablando con claridad mucho más allá de su tiempo. Allí donde el barroco alemán había ido avanzando hacia el consuelo, Victoria ofrece una respuesta más serena, más desnuda y más definitiva.
Vista en conjunto, la jornada de Sábado Santo en Peralada ha dejado una propuesta de gran coherencia. Se ha construido una verdadera conversación entre dos culturas musicales europeas. Por un lado, el mundo protestante alemán, que ha convertido el texto en guía de un recorrido que ha ido del llanto a la esperanza. Por otro, la tradición católica hispánica, que ha encontrado en Victoria una forma de solemnidad austera y perdurable. Entre una y otra, la jornada ha dibujado una reflexión completa sobre la muerte como espacio de memoria, de orden y de consuelo.